La Rioja

Territorio cercano y aún sin descubrir por muchos de nosotros. Un fin de semana cualquiera, y casi accidentalmente, decidimos visitar La Rioja. Descubrimos una gastronomía excelente, unos vinos exquisitos, unos paisajes maravillosos, y pequeños pueblos cargados de historia y arte.

Nuestra primera visita fue a la capital del Rioja, Haro. Un día de invierno soleado, sus callejuelas se llenan de gente degustando sus vinos y tapas, mostrándote orgullosos, los lugares para visitar y el buen comer.

El antiguo casco viejo en forma de herradura, Ayuntamiento neoclásico, la parroquia de Sto. Tomás del gótico tardío, su magnífica portada plateresca, y los diversos palacetes platerescos y medievales que salpican sus calles, te van distrayendo entre taberna y taberna. Y como no, la presencia de sus diecinueve bodegas, el lugar más idóneo para introducirte en la “cultura del vino”.

Tras pasear, tapear y comer, no nos quedaba más que iniciar el recorrido por las Bodegas Bilbaínas, creadas en 1859, distinguiéndose en 1925 con el título de “proveedor de la casa real”. Un paseo de unas tres horas, te muestran desde el cultivo de la vid, su recolección, selección, prensado, almacenamiento y embotellado de sus vinos. No sin ello, experimentando los diferentes olores, colores y sabores de sus caldos.

Y para los que el día 29 de junio, San Pedro, tengan ganas de diversión, se pueden acercar a la centenaria Batalla del Vino de Haro.

Caía la noche, y nuestra habitación estaba reservada en la Hospedería del Monasterio de Yuso en San Millán de la Cogolla. Pueblo minúsculo, silencioso, casi sin iluminar, y sin nadie por sus calles durante las frías tardes-noches de invierno. Únicamente localizamos el  Monasterio, que tras rodearlo descubrimos un tenue cartel, era la Hospedería. Y bajo un cielo negro espectacularmente estrellado,  estábamos alojados entre gruesos muros centenarios, lugar en el que tantas historias habían sucedido. Los primeros rayos de sol entraron tímidos entre los tupidos cortinajes, y ¡sorpresa!, al abrirlos un estupendo paisaje ante nuestros ojos.

Fotos: Blanca i Jose / Música: Alfredo y los Norteños / Tema: Viva la Rioja

Visitamos el Monasterio de Yuso, de los siglos XVI y XVII, erigido por los monjes benedictinos que lo habitaron hasta 1835, en la desamortización de Mendizábal; desde 1878 y hasta la actualidad lo ocupan los frailes agustinos de recoletos. Además de la portada barroca, el claustro de concepción renacentista, las bóvedas góticas, portada plateresca, iglesia de gótico decadente, extraordinaria rejería de Sebastián de Medina , transcoro rococó francés, fantástico púlpito plateresco, estupenda sillería, y una sacristía considerada de las más bellas de España; si por algo es famoso el Monasterio, es por haberse encontrado en él las primeras glosas en lengua romance, vascuence y latín;  el códice 46 –inicios del castellano escrito- ; y haber albergado a Gonzalo de Berceo, primer poeta de literatura castellana. Por todo ello, a San Millán de la Cogolla se la conoce como la “cuna del castellano”.

Santo Domingo de la Calzada, lugar de paso de peregrinos en el Camino de Santiago; según cuenta la historia, el Santo abrió camino e inició un asentamiento urbano para facilitar el paso y atender a éstos, dejando innumerables símbolos de todo ello. Y como no, la leyenda “Santo Domingo de la Calzada, donde cantó la gallina después de asada” que según cuenta, el Santo conservó la vida al peregrino que injustamente había sido ahorcado, y cuyo gallo y gallina permanecen en la catedral, para sorpresa de todos sus visitantes. La plaza Porticada de la Alameda, centro neurálgico del pueblo, nos sorprendió con la llegada del maratón, unas estupendas migas riojanas y su vino para empezar con la degustación del día, continuando con un sabroso menú de los platos más típicos, y finalizar con sus famosos dulces, los “ahorcaditos”.

Y antes de marcharnos de La Rioja, queríamos visitar las bodegas del “Marqués de Riscal”, conocidas por el diseño vanguardista de la nueva bodega en la que se encuentra integrado un lujoso hotel, proyectado por el arquitecto canadiense Frank O.Gehry. Situadas en el pueblo de El Ciego de la Rioja Alavesa, uno de los núcleos barrocos más importantes del País Vasco,  donde resalta la estructura de titanio “excitante porque el vino es placer” -en palabras del arquitecto-, de formas ondulantes, con los colores propios de la tierra, el vino y el plateado de la cápsula, descodificando su historia y abriendo camino hacia el futuro.

Cada bodega, de las casi seiscientas que se encuentran por estas tierras, intenta destacar por algo, y en este caso concreto, por no hacer vino joven ni crianza, únicamente Reserva y Gran Reserva, lo que ofrece un gran prestigio a la marca. Otra cata de vinos, distinguiendo colores, aromas y sabores, nos abrió la curiosidad de  continuar nuestro aprendizaje en  el deleite del vino.

Y este breve paseo por La Rioja, nos llevó a descubrir el contraste de paisajes y colores que invitan a visitar estas tierras del Norte, entre el Cantábrico y el Mediterráneo, de valles y montañas, que tienen un poco de todo. Quedándonos pendiente recorrer sus caminos y senderos, moldeados por la Naturaleza, de sus espacios naturales, algunos de ellos incluidos  en la red europea de Zonas de Especial Protección para las Aves (ZEPAS).

¡Lo mejor de un viaje, dejar algo pendiente, para regresar!

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