Botswana, Zimbawe i Zambia

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Llegado este momento, nos disponemos a finalizar la trilogía de nuestro viaje por el Sur de África; Botswana, Zambia y Zimbawe son los protagonistas de este último artículo, en los que indescriptibles emociones tuvieron lugar quedando felizmente ancladas en nuestra memoria.

Llegamos a la frontera de Botswana, donde unas simpáticas y agradables funcionarias de aduanas, nos invitan a sentir la calurosa acogida de la que disfrutaremos a lo largo de la visita al  país.

La primera parada en Swanstop, a la ribera del río Okavango, nos proporciona un agradable cambio de paisaje, un auténtico paraíso. Degustando una fría cerveza en la terraza del camping, el sol va desapareciendo entre nenúfares y papiros. Cena y bailes alrededor de la hoguera, con un vino fresco y la dulce marula, convierten la velada en algo especial. En lanchas rápidas y tras una encantadora navegación entre canales, brisa, cocodrilos, águilas, e infinidad de pájaros, nos acercan al Delta del Okavango,  para recorrer en mokoros (troncos de árbol vaciados que se deslizan por el agua, elegantemente dirigidos por expertos “mokoreros”) sus estrechos canales, entre papiros, nenúfares, hipopótamos, elefantes, vacas, pájaros que alzan el vuelo, etc…. El paseo, quizás corto, quizás largo.

No sé, perdimos la noción del tiempo. Relajante, divertido, entretenido, diverso, emocionante; rompiéndose el silencio únicamente por el paso de nuestra embarcación. Acampamos en un islote, sin luz ni agua, en medio de la nada. Siesta a la sombra de un árbol; refrescante y juguetón baño en un pequeño banco de arena; espectacular puesta de sol, virando los colores del cielo y el agua al unísono;  impresionantes bailes y canciones tradicionales ofrecidas por  los nativos alrededor de la hoguera; pasar una noche en un barco flotante; sobrevolar en avioneta el delta,  con las lágrimas a punto de brotar de nuestros ojos, hicieron de aquel lugar algo que las palabras difícilmente pueden plasmar.

En el P.N. Chobe, la última cena con el total de la tripulación, nos confieren los primeros momentos de melancolía. Pero todo se soluciona con un safari por el río: manadas de elefantes, jabalís, hipopótamos, búfalos, grandes cocodrilos y pequeños licaones – por cierto, muy difíciles de ver-, marabúes, águilas, garzas, gansos del Nilo, babuinos, kudus, pica bueyes; y la embriagadora imagen de un águila con su presa delante de un sol rojizo a punto de desaparecer. ¡No podíamos pedir más! Inmensidad, paz, silencio, calor mitigado por la brisa del río, el chirrío de los animales en su hábitat. Y para finalizar nuestra visita a Botswana, un safari en 4×4, con elefantes a tocar de mano, y una increíble familia de leones, cuyo macho se pasea plácidamente junto al vehículo, ante la incrédula mirada y  el latido acelerado de nuestros corazones. Cientos de animales nos acompañan en las primeras horas de esa mañana.

De nuevo en ruta llegamos a la frontera de Zimbawe. Colas de gente resignada, temperaturas extremas, bolígrafos que no escriben, sellos que no estampan, papel de calco terminado, funcionarios que aparecen y desaparecen. La paciencia y las botellas de agua fresca ayudan a soportar el tedioso paso fronterizo.

Zimbawe, país creado para y por el turismo, donde se hallan las Cataratas Victoria (el humo que ruge en lengua kokolo), Patrimonio de la Humanidad, descubiertas por el legendario Dr. Livingstone en 1855. Nuestras expectativas no son muy altas, pero nuestra actitud es positiva, y estamos decididos a no dejar escapar un solo momento. Llegamos al Victoria Falls Hotel, de estilo colonial, lleno de historias en su interior, glamour, lindos jardines, música autóctona, buen servicio… ¡todo un lujo para unos aventureros que llevan más de tres semanas recorriendo África!

Fotos: Blanca i Jose / Cantant: Oliver Mtukudzi / Tema:
Rirongere / Tuku Music

Sin tiempo para comer, un pequeño grupo de seis partimos a Zambia, cruzando el puente que une ambos países sobre el río Zambeze,  para sobrevolar las Cataratas Victoria en ultraligero. El calor es tórrido, el aire irrespirable, nuestro estómago reclama bocado, estamos sedientos, pero caminamos hacia la frontera, y realizamos más trámites hasta llegar al “aeródromo”. El aire no es favorable, y debemos esperar. El tiempo no existe en África, ya lo hemos aprendido. Risueños, impacientes y emocionados esperamos nuestro turno. Finalmente nos toca.

Jose es el primero en aventurarse. Le vemos despegar, convirtiéndose en un ínfimo punto en el firmamento. ¡Ahora si que estamos nerviosos! Aparece de vuelta en la pista. Desciende del ultraligero con una envidiable cara de felicidad y sonrisa de oreja a oreja, siendo sus únicas palabras “la experiencia será inolvidable”. Nos colocamos el casco, abrochamos cinturones, unas pequeñas instrucciones y ¡a volar! Recorremos la pequeña pista, ganando velocidad, y en un momento estamos en el aire. Nada bajo nuestros pies, nada a nuestro alrededor, ¡libres como los pájaros! El espectáculo es increíble. Sobrevolando el río vemos elefantes, familias de hipopótamos, cocodrilos, y de repente la catarata. Una gran falla separa la tierra en dos, formando un cañón sinuoso y profundo. La bruma del agua al caer estrepitosamente por las paredes, junto al reflejo del sol, dibuja un lindo arco iris. Atrapar la inmensidad, donde nada te preocupa, el corazón se abre y llena de gozo. La emoción nos envuelve, cada uno de nosotros explicamos todo aquello que hemos visto, lo que hemos sentido, ¡lo contentos que estamos!

De vuelta a Zimbawe, calor, cansancio, paciencia, y sin probar bocado, directos a reservar el Rafting del Zambeze, de máximo nivel, apto sólo para expertos, y nosotros sin experiencia alguna. Nuestras fuerzas se agotaban, y por breves instantes estuvimos a punto de dimitir y marcharnos al hotel, pero algo en nuestro interior nos animó a continuar. Dudábamos si hacerlo o no, pero irnos de allí sin probarlo nos dolía aún más. Sí, nos apuntamos, y convencimos a Pepa y Amaia que también lo hicieran. Sin fuerzas para ni siquiera ir a cenar, nos conformamos con una pizza y a dormir. Cuál fue nuestra sorpresa al despertarnos y no encontrar la cámara de fotos. La noche anterior estábamos tan cansados que nos era imposible recordar qué pasó con ella. Buscamos por toda la habitación, avisamos en Recepción, y dejamos una nota a Jorge. Pasamos página y a disfrutar del día; un hecho puntual no nos iba a amargar la gran aventura que ocho del grupo íbamos a iniciar. Unas normas de seguridad, y al río. Nos equipan con el chaleco, el casco, el remo, y a descender por la montaña los 100 metros que hay hasta el cauce. Una primera práctica de cómo coordinarnos según las instrucciones de Gideon, nuestro experto guía, y ¡a por el primer rápido!, ¡emocionante, divertido!, remamos, gritamos, nos mojamos y entre carcajadas y con un cruce de remos celebramos jocosos nuestro primer éxito. Tras la tempestad llega la calma, unos momentos de relax, de refrigerio, baño y preparación para el siguiente. Y así uno tras otro, hasta finalizar los 19 rápidos. Las otras barcas vuelcan, y conseguimos rescatar a algunos de los ocupantes. Algunos de los nuestros cae al agua;  un golpe en la nariz nos hizo sospechar la rotura de ésta, pero nada consiguió que dejásemos de gritar, remar, reír y como no cantar “e bate fado”. A lo largo de unas seis horas una emoción sobrellevaba a otra. ¡increíble! Una vez finalizado, había que ascender montaña arriba. El calor tórrido, la adrenalina agotada, las fuerzas bajo mínimos, alguna zapatilla rota, la nariz hinchada… Una estupenda comida, bajo la sombra y con frescas bebidas fue la recompensa a tan dura subida.

Regresamos al hotel, donde nos espera el resto del grupo para el “Sunset Cruise” por la parte superior del río, justo antes de la catarata. ¡Cuál nuestra sorpresa al ver la cámara en manos de Jorge! Nos invade la alegría, repartimos besos y abrazos.  De nuevo con nosotros las fotografías de todo el viaje y el reconocimiento de honradez al personal de la pizzería donde nos la descuidamos la noche anterior. El día finaliza con un pacífico crucero de despedida, las últimas fotos de animales, unas risas,  una cena todos juntos saboreando exquisitos manjares y compartiendo bailes tradicionales en los jardines del hotel.

A la mañana siguiente, de nuevo un madrugón para recorrer el sendero justo delante del estrecho acantilado por el que se precipita el río, escuchando el rugido del agua, mojándonos con las salpicaduras de ésta, y deslumbrándonos con el arco iris creado por los primeros rayos de sol.

Con este relato finalizamos nuestro viaje por el sur de África, no sin antes agradecer a todos los que nos acompañaron ,su amabilidad, profesionalidad, dedicación, amistad, compañía, ayuda, que hicieron posible que este viaje fuera divertido, enriquecedor, emocionante y difícil de olvidar.

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