Viaje al Perú: un clásico que no decepciona (y 2)

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La Panamericana.
Después, nuestra ruta seguía la carretera de la Panamericana hacia el sur. En el camino: Ica, Paracas, Pisco (donde aún están presentes los efectos del terremoto del año pasado), Nazca (donde se encuentran las misteriosas rayas), para acabar, ya en el interior, en Arequipa. En resumen, el desierto salpicado de algún oasis.
Un paisaje desolador pero esencial. Viajar a la mina de nosotros mismos, comprobando que a la vuelta ya nada será lo mismo, tal y como hicieron Flora, y otros viajeros como el Ché (¿recordáis la película del viaje que hizo en motocicleta desde Argentina a Venezuela, y en concreto su estancia en una leprosería de Perú?). La subida al monte Carmelo, es decir, lo que se llama, y verdaderamente es, la travesía en el desierto.

«Por fin salimos de aquellas gargantas sofocantes en las cuales jamás sentí el más ligero soplo de céfiro y en donde un sol ardiente caldeaba la arena como en un horno. Ascendimos la última montaña. Cuando llegamos a su cima, la inmensidad del desierto, la cadena de las cordilleras y los tres gigantescos volcanes de Arequipa se presentaron a nuestras miradas.» Peregrinaciones de una paria.requipa

Arequipa : “la ciudad blanca”
Después de esta ruta vimos Arequipa, una ciudad típicamente colonial, donde pudimos recorrer los escenarios descritos por Flora Tristán. Estuvimos en la casa donde vivió y en los conventos de Santa Rosa y Santa Catalina. Arequipa, que está a 2.350 metros sobre el nivel del mar, es la ciudad donde los turistas se aclimatan antes de subir al altiplano. Aquí empezamos a tomar unas bolitas de homeopatía hechas de coca, gracias a las que no sufrimos el soroche (el llamado mal de altura). Ante Arequipa, Flora Tristán, en el lenguaje grandilocuente de la época, nos dice:

«A la vista de aquel magnífico espectáculo perdí el sentimiento de mis males. No vivía sino para admirar, o más bien, mi vida no bastaba a la admiración. ¿Era éste el atrio celestial que un poder desconocido me hacía contemplar? La divina mansión ¿estaba más allá de aquel dique de altas montañas que unen el cielo con la tierra, más allá de este océano ondulante de arena cuyo progreso ellas detienen?»

El altiplano, el lago Titicaca y Cuzco
Antes de llegar a la cordillera, subimos al altiplano. Un camino en el que la coca estuvo presente en bastantes de sus formas posibles: en hierba, que masticamos; en caramelos, y en infusiones. En el autocar llevaban oxígeno, por si acaso. Llegamos a casi 5.000 metros de altura. La verdad es que lo llevamos muy bien. En el camino pudimos contemplar los animales silvestres más propios de la zona: las vicuñas. Después el cañón y el valle del Colca. Aquí, desde lo alto del cañón, vimos planear al cóndor.

Después, de camino a Puno, una ciudad en la ribera del Titicaca, el lago, que según la mitología inca, es el origen del Imperio. El Titicaca parece casi un mar, con las montañas nevadas de Bolivia como telón de fondo. Allí visitamos algunas islas y estuvimos alojados en una casa de un poblado, sin agua, sin luz y sin ninguna comodidad, comiendo lo que ellos comen. La mujer que nos alojó apenas sabía el español, solo hablaba quechua. Realmente es difícil escapar de los tópicos más turísticos. Los indígenas ofrecen aquello que creen que nosotros buscamos, y lo auténtico se convierte en una simulación para consumo del turista. Una perversidad.

Después, la capital del Tahuantinsuyo: Cuzco, una síntesis de los incas y del Imperio. Y, desde aquí, el viaje en tren a la ciudad perdida…

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Lo que no vieron los conquistadores
Los conquistadores jamás conocieron el Machu Pichu, la llamada ciudad perdida de los incas. Flora Tristán, nuestra viajera del siglo XIX, tampoco. Fue Hiram Bingham quien lo redescubrió en 1911. Su vida inspiró el personaje de Indiana Jones. Este arqueólogo expolió una parte importante del patrimonio arqueológico del Machu Pichu, que depositó en la Universidad de Yale, en los Estados Unidos. Perú reivindica el retorno de este legado inca.

Hemos visto tantas veces el Machu Pichu sin necesidad de viajar a Perú…, pero cuando estás allí es como si lo vieras por primera vez. Más allá de la imagen, tuve una sensación muy especial, solo experimentada en lugares como el Taj Majal, Jerusalén o Petra. Algo intangible pero muy real está presente en el Machu Pichu, solo para verlo merece la pena viajar a Perú.

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El Pisco Sour como la Grappa de Italia i el Vinho verde de Portugal
Cuando bebí el Pisco sour en Perú recordé el post de JC sobre la Grappa, esos pequeños placeres. En este fantástico post su autor se deleita y nos deleita con una bebida que identifica con la esencia de una región de Italia. También evoqué un viaje inolvidable a Portugal. ¿Verdad que algunos amigos de toies recordáis el vinho verde, y, en concreto, la marca Gatao?

Creo que las bebidas que se asocian a un país o a una región son profundamente evocadoras de un viaje. Para ello es necesario compartirlas con las personas que nos acompañan.

En Perú pude compartir todas estas pequeñas y grandes cosas. Por todo ello será un viaje inolvidable.

 

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