Mikel Laboa “PoetariOmenaldia”

014d4tolp1_1Una rápida incursión fuera de día, estaba en mi lista y casi ya le tocaba, pero las cosas vienen así y nos ha dejado sin que pudiera recomendaros, en vida, su “Bat Hiru” o el concierto que dio con Lluis Llach en “Anoeta 1984” entre otros maravillosos discos. Hoy simplemente quiero hacer un pequeño homenaje a Mikel, poco conocido fuera de su Eukal Herria natal, por hacer una comparación era el Lluis Llach de Euskaldum.

Él era así, un hombre que cantaba a la libertad sin maldad y que encandilaba con su sencillez cuando recitaba con una mezcla indescriptible de pasión y humildad sus canciones, todo un poeta.

Si le hubiera cortado las alas
habría sido mío,
no habria escapado.
Pero así,
habría dejado de ser pájaro.
Y yo…
yo lo que amaba era un pájaro.

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Hegoak ebaki banizkio
nerea izango zen,
ez zuen aldegingo.
Bainan, honela
ez zen gehiago txoria izango
eta nik…
txoria nuen maite.

Mikel Laboa – Txoria Txori

En los años 50 empezó a dar salida a sus sentimientos con letras encantadoras y una guitarra, y así innovar la tradicional canción vasca, desde su primer concierto en euskera (paradójicamente en Zaragoza), hasta su último acompañando a Bob Dylan (2006), ha ejercido de abanderado de la cultura vasca y a la vez ha luchado incansablemente por la paz, ha sido infinitamente más universal, cantando en euskera, que quines les recortan como pueblo, aunque él hubiese rehuido la polémica, “eran temas demasiado importantes para un hombre corriente”.

Tradición, vanguardia y algo más

Por Víctor Lenore

(http://www.publico.es/culturas/179574/tradicion/vanguardia)

Como muchos treintañeros, descubrí tarde la música de Mikel Laboa. No es fácil llegar a él porque los artistas que escogen expresarse en euskara suelen ser marginados en los medios de comunicación. Cuando me zambullí en sus discos, encontré mucho más de lo que esperaba. Ofrece una simbiosis perfecta de tradición y vanguardia, pero expresarlo así sería demasiado frío, porque por encima de todo hay unas canciones viscerales y frondosas que fluyen con la máxima naturalidad.

Ibon Errazkin, un mago del pop con cultura amplia y heterodoxa, escribió que la música de Laboa “gira en torno a unos cuantos acordes básicos de guitarra, tocados de una manera a veces un poco rudimentaria, pero siempre muy expresiva. Pienso en la introducción de Baztan o en esas cuerdas mal pisadas de Gure oroitzapenak, para mí preferibles a todos los virtuosismos del mundo”. La emoción que contagia sus canciones, como la de un paisaje, parece una de esas cosas que no se pueden aprender ni enseñar (aunque sí preservar o cultivar, como él hizo a lo largo de su vida artística).

“Me han contado que en los conciertos es un poco médium”, añadía Errazkin. La misma impresión transmiten sus grabaciones. Si alguien las escucha dentro de 200 años, le costará situarlas en el tiempo por su estilo sobrio, que no responde a modas. Parece tener un pie en el mundo material y otro en una dimensión paralela empapada de intensidad, inquietud y nostalgia.

Además de su muerte, es triste la sospecha de que si hubiera nacido en Londres, Sao Paulo o Nueva York, tendríamos más discos suyos en casa.

Me lo “presentaron”, mis amigos navarros, y antes de entender sus canciones ya me bastaba su poesía hecha de letras y música, siempre me quedara un grato recuerdo de él. Agur Mikel.

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