Etiòpia (Nord)

Varias son las razones que nos empujaron a iniciar los preparativos de nuestro viaje a Etiopía: recomendaciones de varios amigos que habían visitado el país en una, dos o tres ocasiones por motivos distintos pero con igual conclusión: ES UN PAÍS ESPECIAL,  la curiosidad de estar en el lugar donde se han encontrado los primeros asentamientos de nuestros antepasados (la famosa Lucy), ir a uno de los países más antiguos del mundo y no colonizado, poder disfrutar de la acogida de sus gentes y de su naturaleza. Y así fue, compramos un par de libros, el mapa, las vacunas necesarias y un billete de avión.

Entre otros, leímos a Javier Reverte antes de partir, e hicimos realidad una de las afirmaciones de su libro Los caminos perdidos de África: “Viajar no es programar una ruta y seguirla a rajatabla, ni tampoco la aventura supone jugarte el pellejo en lugares donde asoma peligro. La aventura de viajar es algo casi sensorial y, sobre todo, consiste en ser capaz de vivir como un evento extraordinario la vida cotidiana de otras gentes en parajes lejanos a tu hogar.

Fue en el mismo aeropuerto recogiendo las maletas medio dormidos, cuando la casualidad nos presentó a Tycho y Blanca, que de la misma forma que nosotros llegaban al país sin planes y con ganas de aventura.

Era 11 de septiembre, año nuevo etíope. La primera imagen que tuvimos de Addis Abeba era poco habitual; comercios cerrados, poca circulación, gente paseando ataviados con sus mejores trajes en un fresco día lluvioso. Nosotros, novatos en ese país, impacientes por decidir cómo empezar. Celebramos el año nuevo comiendo las dos parejas en TAI TU, el hotel más antiguo de la ciudad, donde en sus días de esplendor tuvo como huéspedes a personajes de renombre. Su información, la nuestra, las inquietudes, recomendaciones, llamadas telefónicas, y finalmente nos decidimos. La primera semana visitaríamos el Norte y la segunda bajaríamos juntos a visitar las tribus del sur en un 4×4 con Endale, guía etíope-cubano y excelente compañero, que Lola nos había recomendado.  Volvimos a coincidir en el aeropuerto rumbo al Norte, compartiendo juntos todo el viaje.

Bahar-Dar, “orilla del mar” en lengua amariña, situada al extremo sur del lago Tana, el más grande de los lagos etíopes y el tercero de África, capital de la región de Amara, y una de las ciudades más importantes del país, elegida por los emperadores etíopes para establecer su corte durante el siglo XIV. Nuestra primera visita, las Cataratas del Nilo Azul o Tis Abay, las segundas más grandes de África. Una meseta basáltica desciende del lago Tana, acompañando al Nilo Azul a su espectacular caída en cuatro brazos de 45 metros de alto, rugiendo y humeando, envuelto en una exuberante vegetación. Los monasterios salpican los diferentes islotes del lago, que debido a su aislamiento geográfico, sirvieron de refugio y acogida a monjes durante el avance islámico del siglo XVI, y actualmente habitados por ermitaños que guardan celosamente impresionantes pinturas,  manuscritos de más de 500 años y reliquias monásticas.

Fotos: Blanca i Jose / Música: Teddy Afro / Tema: Fikir Yashenefal

Gondar, en la otra orilla del lago, declarado Patrimonio de la Humanidad en 1979 por la Unesco, fue residencia imperial durante los siglos XVII a XIX, dejando un importante legado de fortalezas, iglesias y baños. Nuestra visita al Camelot de África fue un poco relámpago, aunque pudimos disfrutar de los impresionantes frescos medievales de Debre Birhan Selassie y el imponente castillo de Fasilidas. Gondar fue el punto de partida para organizar el trekking al Parque Nacional Montañas de Simien; allí buscamos, negociamos, decidimos nuestro itinerario y en unas horas estábamos en un 4×4, las dos parejas, el conductor y el cocinero. Cuál fue nuestra sorpresa al ver el coche, ¡se paró en la segunda curva! “No problem, no problem!!!”. Rápidamente se movilizaron todos, y en una hora partíamos de nuevo en un buen coche y un mejor conductor destino al Parque. ¿Quién duda que en África los problemas siempre tengan una u otra solución? Con música etíope a todo trapo bailada a ritmo de bache, tres horas más tarde llegábamos a Debark, donde tuvimos que detenernos, ya que sin luz natural no se circula. “No  problem”, buscamos hotel, cenamos y terminamos la velada con un intercambio cultural de bailes etíopes y españoles. A la mañana siguiente bien temprano se unen a la expedición obligatoriamente el guía local y el scau (guarda de seguridad). Al fin llegamos a Sankaber, final del recorrido motorizado, donde nos esperan unas mulas para portear los accesorios de cocina y acampada, y los muleros que las guiarán hasta Geech, donde apareceremos nosotros al final del día tras disfrutar de un magnífico trekking a través de las montañas. Flores, picos, árboles, lobelias, pajarillos, cabras, nativos, un paisaje espectacular, ganando altura y sufriendo la falta de oxígeno, a la que nos vamos aclimatando progresivamente. En la aldea de Geech una de las familias nos ofrece en su cabaña asistir a la “ceremonia del café”, todo un ritual, tostando los granos en una sartén sobre un brasero vegetal, mezclándose su aroma con el del incienso que nos acompaña durante la ceremonia, se machacan en un mortero, y se hierve en una cafetera de cuello estrecho, servido en pequeñas tazas sin asa, endulzado al gusto, con una amable sonrisa. Fue un primer contacto con el “modus vivendi” de las montañas y un alto en el camino para continuar  hasta la zona de acampada, un lugar mágico, donde una estupenda cena reconforta el esfuerzo, y una imponente tormenta nos precipita la hora de acostarnos. Al día siguiente, un sol radiante y cielo azul, nos anima a acercarnos a casi 4.000 metros con unas vistas impresionantes; por el camino un lobo etíope, unos babuinos, unos ibex y unos niños nos amenizan el paseo.  Tras siete horas de fantástico recorrido nos reencontramos con el vehículo, conductor y el resto de la intendencia. Destacamos el gran trabajo realizado por Amare, nuestro guía local, que en todo momento nos llevó por el buen camino y se preocupó de nuestro bienestar y la conservación del parque.

Lalibela, segunda capital del antiguo imperio etíope, considerada el Jerusalén de Etiopía, la  “octava maravilla del mundo”, situada en un bello encuadre de las montañas de Lasta, conocida por sus once impresionantes iglesias del siglo XIII excavadas en roca viva en tan solo 24 años con la ayuda de los ángeles, según cuenta la leyenda, formando el principal lugar de peregrinación de los cristianos ortodoxos. Visitamos todas y cada una de las iglesias, donde un guía local nos explicaba sus entresijos y nos guiaba por algunos de los pasadizos subterráneos que las comunican. A primera hora de la mañana asistimos a una ceremonia en Bete Kidus Mikael. A la vez que el sol se iba elevando en el firmamento, almas vestidas de blanco llegaban a la iglesia de todas partes, rezando, cantando, acercándose al sacerdote para su bendición. El silencio roto por el sonido de los tambores, acompañado por los  cantos de sus peregrinos, sus vibraciones. ¡Algo enigmático, mágico!

Nos faltaba Axum, las tierras de la reina de Saba, donde se guarda el Arca de la Alianza, que le había regalado el rey Salomón, y que nunca ha visto nadie. No pudimos llegar, se nos agotó el tiempo, debíamos regresar a Addis e iniciar nuestro viaje a las tribus del Sur, que os detallaremos en el próximo artículo. (Les tribus del Sud: https://toies.wordpress.com/2010/11/24/etiopia-les-tribus-del-sud/)

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