Etiòpia (Les tribus del Sud)

Continua de (Etiòpia-Nord)…

La curiosidad de conocer el lugar de origen de nuestros antepasados nos llevó hasta el valle del río Omo, en la zona etiope fronteriza con Kenya y Sudan, donde se han encontrado fósiles de Homo sapiens de 200.000 años y restos de homínidos de hasta 4 millones; aquí se efectuó la separación entre el hombre y el mono, el lugar en el que hoy en día viven unas 15 tribus de entre 1.000 y 70.000 personas conservando intactas sus creencias, ritos y tradiciones, bajo un clima de calor extremo, lluvias torrenciales y barro. Sin duda, uno de los lugares más salvajes de África.

El éxito de la visita dependía de seguir unas exigentes recomendaciones, buscar un todo terreno en buen estado, un conductor experimentado y un guía local conocedor de la zona y las tribus, suficiente agua, combustible, ruedas de recambio, material de acampada, y tomar las medidas de profilaxis e higiene más estrictas, dejando en casa escrúpulos y manías.

Salimos de Addis una lluviosa mañana con Tycho, Blanca, Andale (guía), y Guilgueta (conductor). Tal y como nos vamos alejando de la capital, los vehículos empiezan a desaparecer, el asfalto también, y los animales se van haciendo los dueños de la carretera. Rebaños de vacas, cabras, burritos cargados, baches, kilómetros y mucha gente. Nos sorprenden los niños que ejecutan asombrosos bailes a nuestro paso, nos gritan  “hiland, hiland”, es su forma de pedir los envases vacíos de botellas de agua que los turistas desechamos, y ellos utilizan para transportar agua, leche, miel, etc…, y arrancarte ese saludo y sonrisa tan olvidados en el primer mundo. Llegamos a Arba Minch, la capital del sur, bañada por el Lago Chamo, con sus cocodrilos de hasta 7 metros (los más grandes de África), hipopótamos, gran cantidad de aves, como pelícanos, marabus…y pescadores sobre pequeñas balsas que tienden sus redes para capturar tilapias y percas del Nilo.

Fotos: Blanca i Jose / Música: Varios artistes / Tema: We are the world

A partir de aquí, el masaje africano originado por el paso de baches será permanente, el primer poblado que visitamos es Konso, un recinto de chozas construidas por pequeños muros de piedra y cubierta vegetal con una antigüedad de más de 700 años y costumbres tribales, sin agua y sin luz. Los niños nos abrazan, nos tararean las palabras que han aprendido en inglés, nos tocan, nos reclaman atención.

Turmi, nos sirve de base para visitar otras tribus y mercados. Desde allí nos acercamos a Omorate, por un  terreno árido y muy caluroso con espectaculares acacias y termiteros, para visitar a los Dasenech. Cruzamos el río Omo a bordo de un tronco tallado, llegando al poblado de una pobreza extrema, donde todavía se practican tradiciones tan escalofriantes como la ablación femenina. Los hombres arreglaban pacientemente sus artes de pesca; las mujeres y los niños nos solicitaban fotos a cambio de unos insignificantes billetes.

Los Hamer son la etnia que más contacto mantiene con el exterior; los encontramos por los caminos en dirección a Turmi; es día de mercado y nosotros paseamos ensimismados entre tal colorido y agitación. Por la tarde nos espera una visita realmente impresionante, la ceremonia de iniciación de un joven de 20 años  para poder pasar a la vida adulta y casarse. Deberá superar tres pruebas: la primera el “bull jamping” o salto del toro, el chico se prepara, corre, sube y salta por los lomos de toros alineados transversalmente, va y viene dos veces sin interrupción, el salto ha sido un éxito, ha superado la prueba y recibe los elogios de la tribu; en la segunda, impregnado todo el cuerpo de grasa y carbón intentará controlar un rebaño corriendo a su alrededor mientras las chicas lo van dispersando; por último, la flagelación de las mujeres, que embadurnadas de una mezcla de arcilla roja y mantequilla insultan y provocan a los jóvenes para recibir  latigazos, el ruido de los azotes es estremecedor, con la espalda en carne viva danzan en círculo provocando un griterío perturbador. Hace mucho calor, nos refugiamos todos bajo la sombra, ellos bebiendo café en cuencos de calabaza, nosotros no damos crédito a lo que estamos viendo… El no superar con éxito las tres pruebas puede tener consecuencias familiares extremadamente trágicas, el hermano menor no podrá nunca someterse a estas pruebas mientras viva el mayor. ¡Es la ley de la tribu!

Nuestra siguiente parada es Jinka, con el aeropuerto, de poco uso, formando parte de la calle principal, con su mercado, museo de las tribus, escuelas y personajes de diferentes étnias.

Insistíamos en visitar el parque Mago, y Andale se resistía, intuíamos el porqué, pero no nos lo podíamos perder, sólo tuvimos que ir y comprobarlo. El paisaje era espectacular, llegamos a la zona de acampada en medio de un bosque frondoso, donde nos esperaban los guardas que iban a pasar la noche velando por nuestra seguridad, y los monos, interesados espectadores a la espera de algún despiste. Nos desplazamos a la sabana para avistar algún antílope, digris e infinidad de pajarillos, vadeamos el río y soportamos como podíamos las agresivas picadas de la mosca tsé-tsé. La tormenta se iba acercando. Llegamos al río de vuelta, su caudal realmente había aumentado, respiramos hondo, entramos al agua, y…¡lo cruzamos! Los caminos embarrados eran auténticas pistas de baile, el coche de un lado a otro, nosotros casi sin respiración y Guilgueta controlándolo en todo momento. La tormenta pasó, el cielo se llenó de estrellas, y los guardas nos encendieron una estupenda hoguera, donde pasar la velada, entre conversaciones y risas, acompañados de unas tapas de embutidos y una botella de vino que Andale reservaba.

A la mañana siguiente, mientras unos monos nos distraían para que les hiciéramos fotos, uno de ellos, sin duda un mono sapiens, en cuestión de segundos saltó al coche, nos abrió el equipaje y se comió nuestro desayuno tranquilamente, mirando la cara de tontos que se nos quedó.

Cruzamos el Mago para visitar un poblado Mursi; como casi todas las tribus del Omo, conservan un alma belicosa, son cazadores, nómadas, que se han acostumbrado a sobrevivir siguiendo los ciclos de la naturaleza, lluvias y sequías, cultivos y ganados. Muchos han tenido que abandonar estas tierras por falta de animales, otros están subsistiendo con la llegada del turista, al que avasallan por las fotos a cambio de dinero. Las mujeres  se provocan mutilaciones  en el labio inferior y se rompen dientes para poder colocarse el plato labial; los hombres presumen de sus escarcificaciones, ambos son símbolos tribales de belleza y fortaleza.

Nuestra última étnia, los Dorze, muy diferentes al resto, pues se encuentran a 3.000 metros de altitud con un clima húmedo y frío; éstos son más civilizados, con unas costumbres menos ancestrales. Construyen sus chozas en forma de elefante, con un armazón de bambú recubierto de falso banano, con el que también producen pan mediante la fermentación de la pulpa de sus hojas.

De regreso a Addis, y tras un descanso en la ciudad de Awasa, nos dirigimos al Betel Hospital, donde  Nuria, una cooperante española que conocimos en el norte, había trabajado y nos invitó a visitar. Un buen ejemplo en un país dependiente de la ayuda internacional, aquí los enfermos no se quejan, y los niños no lloran.

Y así finalizamos nuestra visita a las tribus. Una divertida cena en el 2000 Habesha Traditional Restaurant, amenizada con música, baile e injera de calidad, para despedirnos de Tycho y Blanca que finalizaban su viaje.

Nuestra etapa final, fueron unos días de relax en el parque Awash, donde disfrutamos de las cataratas, las manadas de Oryx y gacelas paseando a nuestro lado, la puesta de sol en la sabana, y la fiesta de la cruz de la tribu Karayu.

Harar, una de las ciudades santas musulmanas que durante mucho tiempo estuvo prohibida para los no creyentes, declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, situada en el Valle del Rift, al sur del imponente desierto del Danakil, cuenta con un colorido mercado, cultivos de Chad y café, donde pudimos disfrutar de la hospitalidad de los Adere, alojándonos en una de sus casas dentro del recinto amurallado.

Un paseo por el Valle de las Maravillas con sus curiosas formaciones de granito, y una ruta por el parque de Babile, en busca de sus elefantes endémicos completaron nuestra visita al este del país.

En resumen, ha sido un viaje especial, no apto para todos los públicos, con muy escasas comodidades, pero con un imponente calor humano, contacto con la gente, sus sentimientos y preocupaciones, experiencias que nos engrandecen el espíritu.

No podríamos acabar el artículo sin agradecer a todas las personas que nos han acompañado, y en especial a Andale que será nuestro enlace con ese país de ahora en adelante, y al que deseamos mucho éxito en su nuevo proyecto, la agencia ENDO ETHIOPIA TOUR P.L.C

 

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