Croàcia

La costa croata del Adriático, que se extiende por las regiones de Istria y Dalmacia, con sus aguas cristalinas azul zafiro salpicadas por decenas de magníficas islas, te permiten disfrutar de un entorno privilegiado y a la vez cargado de historia.

Entramos en Croacia por la frontera italiana, península de Istria, la parte norte del país. Nuestra primera parada fue Porec, importante centro administrativo romano allá por el siglo II a.C., que todavía conserva el trazado urbano de parcelas rectangulares a lo largo de sus dos vías principales, una longitudinal y otra transversal. Tras la caída del Imperio Romano, la ciudad quedó bajo control bizantino, siendo entonces  cuando se levantó la  Basílica Eufrasiana con sus hermosos frescos, considerada por la UNESCO en 1997 como Patrimonio de la Humanidad. Una nave central separada por 18 columnas de mármol con capiteles bizantinos y románicos que se cierran en sus ábsides, y un presbiterio decorado con mosaicos del siglo VI.

Aguas gélidas y cristalinas, y a su vez tonificantes, tras un día ajetreado y caluroso, callejeando entre restos milenarios, es un regalo perfecto. Y no hay que perderse la salida del sol tomando un baño acompañados de minúsculos pececillos y el suave canto de los pájaros en el silencio matinal.

Nos dirigimos hacia el sur recorriendo sus entrantes de mar y disfrutando de maravillosos paisajes, para llegar a Senj, ciudad habitada desde la Prehistoria, amurallada y derruida durante la Segunda Guerra Mundial que en los siglos XVI-XVIII fue refugio de los uskoki, piratas que atacaban las naves venecianas y turcas.

Dejamos un poco la costa para adentrarnos en El Parque Nacional de los Lagos de Plivitce, definido por el académico Ivo Pevalec en 1937 ”Aguas, lagos, cascadas y bosques hay en otros lugares, pero los de Plitvice son únicos”. Un estimulante humedal, que descubrimos a lo largo de 18 Km de puentes de madera, entre colinas boscosas, lagos turquesas comunicados por cascadas de roca calcárea sedimentada que van cambiando constantemente.

Y de nuevo en la costa dálmata, paramos en Zadar, importante centro turístico que a pesar de su fama, nos pareció poco auténtico y con mucha vida nocturna, que en este viaje no era precisamente lo que buscábamos, así que seguimos hacia Sibenik, para poder disfrutar de ese verdadero “diamante en bruto”, donde hallamos una de las catedrales más importantes de Croacia y una red de sinuosas calles y soleadas plazas que datan de los siglos XV y XVI, bañadas por las cristalinas aguas adriáticas.

Tal y como vamos descendiendo por la costa, entornos maravillosos se empiezan a llenar de grandes construcciones y servicios, que personalmente creemos que pierden el encanto de los antiguos pueblos de pescadores.

La isla de Hvar, a la que se llega en ferry, tiene fama de ser la más exuberante, el lugar del país con más horas de sol, restaurantes elegantes, y los lugares más tranquilos y exigentes ambientados por sus verdes y púrpuras campos de lavanda que desprenden ese aroma particular, y que actualmente todavía tenemos en nuestro armario. Una isla grande y diversa. La ciudad de Hvar surgió en el siglo XII, y fue embellecida posteriormente por los venecianos, repleta de palacios góticos extraordinariamente ornamentados y calles de mármol peatonales cercadas por murallas.

Fotos: Blanca i Jose / Música: Saša Bulić / Tema: Davno

Kórcula, una de las grandes islas adriáticas, separada de la península por un estrecho canal, rodeada de viñedos, olivos y pequeñas aldeas, ha sabido conservar la tradición de sus ancestrales ceremonias religiosas, y brinda al viajero un estupendo vino. La ciudad homónima es de gran belleza, una de las ciudades medievales mejor conservadas del Mediterráneo, cuyos planos se remontan al siglo XIII, con calles de mármol flanqueadas por edificios renacentistas y góticos, estratégicamente diseñados para aprovechar el refrescante viento maestral de verano y minimizar la fuerza del bura de invierno; también conocida por ser el origen de la familia  de Marco Polo y donde se libró una de las más grandes y cruentas batallas navales de la Edad Media, entre las repúblicas de Génova y Venecia. En ella, Marco Polo, como comandante de una galera veneciana, fue apresado y encarcelado en Génova, donde comenzó a escribir el  libro que resumía sus experiencias por diferentes regiones del mundo, dando a conocer a los europeos noticias sobre lejanas tierras como Tíbet, Madagascar, y Japón entre otras; además de incorporar importantes descubrimientos chinos a Occidente como la pólvora, el compás de navegación y los spaghettis. Playas apartadas e islotes cercanos te regalan un remanso de paz.

De camino a Dubrovnik no  hay que perderse una parada en Ston, donde se encuentra “la muralla china europea”, construida en el siglo XIV como defensa de los ataques turcos, con una extensión de más de 5 kilómetros, torres y fortalezas. Se inició su derrumbe tras la caída de la República de Dubrovnik, quedando actualmente restos, y un conocido criadero de ostras.

Dubrovnik, la denominada “perla del adriático”, ciudad que impacta y embriaga por su belleza, bombardeada salvajemente en 1991, y rápidamente restaurada  siguiendo las reglas de armonía y modestia. Construcción predominante de piedra, un material firme y fiable, leve y vivaz, resistente y vulnerable, perdurable y más delgada con el paso del tiempo, conservando su belleza y armonía natural con el ambiente. Fortificaciones, puentes, palacios, balcones, capillas, terrazas, plazas, calles, y claustros envuelven al visitante, y sirven de escenario a las representaciones teatrales y musicales que tienen lugar en el Festival de Verano de Dubrovnik. Las fuentes ornamentadas de la ciudad son la señal más evidente de la extrema riqueza de ésta, situada en tierra caliza del ardiente Mediterráneo, donde cada gota de agua era una joya de vital importancia.

Su excepcional situación geográfica, el último puerto adriático protegido en la vía marítima hacia el sureste, llegó a ser uno de los puntos más importantes entre cruces de caminos, siendo la pequeña Dubrovnik un significante contrapeso a la gran Venecia.

En 1929 Bernard Shaw escribió “Los que estén buscando un paraíso terrenal deben ir a Dubrovnik”.

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