De Cape Town al Sud de Namibia

Hacía ya tiempo nos rondaba la idea de visitar el sur del gran continente africano, así que presentándose la ocasión no dudamos en lanzarnos a la aventura. El viaje lo iniciamos en Ciudad del Cabo, donde Jorge, nuestro entrañable guía nos recogió con “Nina” un camión todoterreno y Martin al volante, con el que durante cuatro semanas íbamos a recorrer los 7.800 kilómetros, que separan esa ciudad sudafricana de  Victoria Falls en Zimbawe donde finalizaríamos; recorriendo pistas y caminos, desiertos y deltas, cañones y cascadas, a través de Namibia y Botswana.

El viaje lo compartimos con otros 18 aventureros, que aún sin haberlos conocido antes, poco a poco hemos acabado formando una gran familia.

Llegamos a Cape Town un domingo, y debido al fuerte viento no pudimos subir al mítico “Table Mountain”, donde recalaban  los marinos en el s.XVI en su camino a las Indias Orientales, para abastecerse de alimentos frescos contra  el escorbuto. Y así empezaron los europeos a colonizar el sur de África, desplazando a los nativos  y creando rivalidades. Aunque hace ya unos años que el Apartheid finalizó, al pasear por la zona lúdica de la ciudad, el agradable Water Front, apreciamos la mayoría blanca de sus habitantes. Todavía a estas alturas, mucha de la población negra originaria, se encuentra marginada en suburbios. Fue un día de relax, paseando al sol, bajo el cielo azul, escuchando a pequeños grupos folclóricos, y degustando una buena gastronomía en sus restaurantes (pescados, cocodrilos, avestruz, kudus, etc…).

Iniciamos la ruta hacia el norte, tras cruzar una gran llanura, comienza el ascenso hacia el altiplano del karoo, donde los colores verdes, amarillos y grisáceos se van remplazando por flores fucsias que resaltan entre el colorido amarillo y verde, y los primeros animalillos despiertan nuestra atención: springboks, monos y marmotas.

Visitamos Calvinia, una población del siglo XVIII, con casas de estilo holandés, victoriano y georgiano que reflejan las grandes etapas de la historia de Sudáfrica, cuando los afrikáners  y sus ovejascolonizaron la zona; aquí el tiempo parece haberse detenido. Pasamos la noche entre antiguos muros, llenos de antigüedades y fotografías de la época, en camas con dosel y bañeras de porcelana.

Tal y como nos vamos acercando al río Orange, se tiñe el paisaje con verdes viñedos, que destacan en la aridez de la planicie. La cata de sus caldos despierta en el paladar el recuerdo de nuestras bodegas nacionales, no pudiendo evitar la comparación de sus sabores. Unos blancos afrutados y refrescantes, frente a unos tintos con poco cuerpo, que dieron como resultado unos mofletes colorados y una sonrisa de oreja a oreja.

En el campamento Spitskop Game Reserve, avestruces y springboks comparten con nosotros la ardua tarea de montar las tiendas por primera vez. Subimos al mirador, único monte elevado en la infinita planicie, donde el sol va despareciendo vertiginosamente, tiñendo el firmamento de tonos rojizos, anaranjados y malvas. ¡Razón más que suficiente para desear estar en África!

Tras una fría noche, el sol despunta y su fuerza hace difícil el deambular por los escenarios delirantes que conforman el Desierto del Kalahari (Gran Sed), con una extensión de casi el doble del territorio español,  entre los países Sudáfrica, Namibia y Botswana.  Entramos en el Kgalagadi Transfrontier Parc, creado para proteger la migración de los orix. Nuestra ruta discurrió por los cauces secos de los ríos Nossob y Auob, donde se encuentran las hierbas menos espinosas y brotes más tiernos tan apreciados por los animales; serios ñus, simpáticos springboks saltarines, altivos orix, refinados secretarios y erguidas avestruces son el centro de los primeros disparos de nuestras cámaras; azores, buitres, lechuzas, halcones, búhos y águilas nos observan desde  lo alto. Que suerte tuvimos al poder contemplar  suricatos, – de la familia de la mangosta, por cierto, muy difíciles de encontrar por su pequeño tamaño-, que se mantienen vigilantes al ser acechados  por un águila cercana. Desesperados por el intenso calor, una antigua granja de boers con algunas sombras, es el refugio ideal para preparar la comida. Se pierde la vista en el infinito amarillento del que parece salir humo,  donde las sombras de las acacias con formas fantasmagóricas, son para la fauna el único refugio del infernal sol. Acéfalos, avutardas, una cobra del cabo (la serpiente más venenosa de África), zorros y jirafas, conforman la novedad de la segunda parte del safari. Esa noche la pasamos en un campamento del parque alrededor del fuego, siguiendo las instrucciones “si escucháis algún animal cercano, el lugar más seguro es dentro de la tienda”, así nos quedamos dormidos bajo un majestuoso cielo estrellado, ante las constelaciones de escorpión y  la cruz del sur.

Fotos: Blanca i Jose / Cantant: Miriam Makeba / Tema: In the Land of the Zulus (Kwazulu)

Como muchos de los días, bien temprano, levantarse, desayunar, y desmantelar el campamento, para estar en ruta antes de que la intensa bola roja se deje ver por el horizonte, siendo estos momentos, junto con el atardecer, los más adecuados para observar  la fauna en plena actividad. Ante nosotros, un grupo de jirafas nos muestran sinuosos movimientos de su cuello, que parecen imitar una danza. Springboks saltando, hienas moteadas, grupos de ñus y un caudón de pecho rojo, entre otros, reclaman nuestra atención. Paisajes áridos monótonos, salpicados por algún árbol verde y otros secos, dunas rojizas, hierbas grisáceas y amarillentas nos acompañan a abandonar el Kalahari.

Tras cruzar unas cuencas endorreicas – lagos que se llenan tras las lluvias y el agua se evapora tan rápidamente que deja un blanco rastro de sal-, nos acercamos a la frontera de Namibia; país independiente de Sudáfrica desde 1990, con la densidad de población más baja del mundo, unos 2 hab/km2, un 10% de su superficie cultivable y el resto desértico y semidesértico. Nada más entrar, entre sus pobladores identificamos los rasgos característicos de los nama, algo más claros y delgados que otras etnias, de origen bosquimano. Tras un paisaje desolador y desértico, de entre la poca vegetación cabe destacar la presencia de las Euphorbias -plantas de savia lechosa extremadamente venenosas que los bosquimanos utilizaban para impregnar la punta de sus flechas de caza- que crecen sin depredador alguno, llegamos al refugio cercano al Fish River Canyon, considerado el segundo más grande tras el del Colorado, al que descenderemos tras un asfixiante camino, para tirarnos sin pensar a sus frescas aguas, ¡un placer sin igual! . Algo más frescos y sin luz, iniciamos el ascenso, tal que al llegar al refugio, terriblemente sedientos, acabamos con todas las existencias de la nevera. No sabíamos que tras la sabrosa cena que Kelias y Kumbs nos habían preparado, Jorge nos sorprendería con la primera de una serie de estupendas caipiroskas que amenizarían muchas de las veladas.

Siguiendo camino hacia la costa atlántica, paramos en una poza donde se acercan a beber centenares de caballos salvajes, los únicos de su especie que han sabido adaptarse a las extremas condiciones de la aridez desértica.

A unos 10 Km de la costa, el aire tórrido se convierte en una agradable brisa, y una vez en Lüderitz hay que recurrir a la ropa de abrigo, para zarpar con una goleta a los islotes guaneros, donde desde mediados del XIX y durante siglo y medio, tropeles de recolectores agotaron sus reservas de fertilizantes, siendo actualmente refugio de pingüinos, focas y otras aves marinas. Fue en 1884, cuando los alemanes atraídos por sus diamantes crearon Lüderitzlandia, que posteriormente se convertiría en la actual Namibia.

A 17 Km de Lüderitz en dirección hacia el desierto del Namib, y bajo una intensa niebla, visitamos la ciudad fantasma de Kolmanskop, creada a finales del XIX, donde se construyeron unas increíbles infraestructuras, incluso vía férrea que la comunicaba con el Atlántico, impensables en aquel lugar en medio de la nada. Su declive se inició en 1938 al empezarse a agotar sus diamantes y localizarse otros mucho más grandes en la desembocadura del río Orange; a consecuencia de esto,  la ciudad empezó a dormitar hasta extinguirse totalmente en 1956, cuando ya sin resistencia humana, las dunas namibias comenzaron a ocuparla, cubriendo el pueblo de arena, donde se encuentran algunos enseres entre las casas, que parecen haber querido huir de la ruina, muriendo en los umbrales de los edificios. Visitar el museo, adentrarse en sus frías paredes y escuchar las historias que tuvieron lugar, te transporta inevitablemente a un pasado próspero y lejano.

Camino de Aus, campo alemán de prisioneros durante la Primera Guerra Mundial, nos detenemos en el Hudson Terraplen, para ver con nuestros propios ojos Old Car; los restos del coche de unos ladrones de Kolmanskop, que fueron tiroteados y asesinados por la policía, para recuperar los diamantes que nunca aparecieron. Y entre las colinas del “lugar de las serpientes”, en un refugio acogedor, disfrutamos de una magnífica puesta de sol, luna llena y noche estrellada; de donde partimos dirección al Namib, el desierto más antiguo del mundo, con el que iniciaremos nuestro próximo artículo.

Bibliografía recomendada:

  1. Ébano / Ryszard Kapuscinski (link a Iberlibro)
  2. El Mundo perdido del Kalahari / Laurens van der Post (Link a Iberlibro)
  3. Un arcoiris en la noche – Dominique Lapierre (Link a Iberlibro)

Fotos d’Àfrica: http://jorgefernandez.photoshelter.com/gallery/Africa/G0000UcbSofO1b.k

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