Península Escandinava

La primera vez que visitamos Escandinavia recorrimos la parte sur de Suecia y Noruega; su belleza natural, su encanto y paz nos sugirió que debíamos repetir. En una segunda ocasión, iniciamos la visita en el extremo más septentrional de Noruega.

Llegamos a Suecia cruzando el Puente de Oresund, el puente tren-carretera más largo de Europa que une las costas de Dinamarca y Suecia, con una luz de hasta 490 metros y un pilar central de 204 metros. Su majestuosidad envuelve el pequeño vehículo que lo atraviesa.

Fue la tarde de un domingo de inicio de verano, cuando Estocolmo, la capital y ciudad más grande de Suecia, edificada sobre 14 islas, posaba bajo nuestros pies, con pacíficos puentes para atravesar los diferentes barrios, calles impolutas y silenciosas, frescas brisas serpenteando entre islas y colándose entre edificios y amplias calles. Desde la torre del Ayuntamiento disfrutamos de unas estupendas vistas de la ciudad; en la planta baja de los conocidos salones donde se entregan los premios Nóbel. El sorprendente San Jorge y el dragón, que tan arraigados tenemos en la cultura catalana, simboliza aquí la independencia de Suecia frente a Dinamarca.

Edificios imponentes como el del Parlamento y la Ópera, paseos en barco para tomar otra perspectiva de la ciudad, el  Museo Vasa, donde admirar barcos históricos, perderse por sus calles y observar sus gentes hacen de la visita algo realmente fascinante.

Verdes intensos, azules cielos con nubes juguetonas, dorados reflejos, contrastes de agua y tierra, silencios rotos por los cantos de los pajarillos, y aire fresco, es la imagen que nos queda de nuestro paso por el sur del país.

Oslo, capital de Noruega, se sitúa en la cabecera del fiordo que lleva su nombre, rodeada de montañas y construida sobre 40 islas. Los paseos por sus calles y las travesías en barcos, ofrecen a la ciudad un aire vacacional y de relax.

No quisimos perdernos el “Museo Fram”, en el que durante unas horas nos deleitamos con el navío polar Fram, magníficamente conservado, construido a finales del siglo XIX, el más resistente de su época, que formó parte de expediciones a ambos polos, entre ellas la  de Amundsen al Polo Sur. Recorrer sus camarotes, estancias y curiosear los pequeños detalles que hicieron posible tales desafíos, nos trasladan a las inolvidables épocas de marinos y exploradores.

Nos pareció interesante visitar el museo Kon-Tiki, para ver con nuestros propios ojos la balsa de ese mismo nombre, que Thor Heyerdahl utilizó a mediados del siglo XX para cruzar el Pacífico desde Sudamérica a la Polinesia, intentando demostrar el origen sudamericano de los polinesios y su llegada a esas islas por vía marítima.

En la Galería Nacional, entre otras muchas obras e importantes esculturas, se encuentra el cuadro “El Grito” de Eduard Munch, considerado una de las obras más importantes del artista y del movimiento expresionista, que fue robado y recuperado en un par de ocasiones. Un cuadro duro, capaz de transmitir al que lo contempla, la profunda angustia y desesperación existencial del hombre.

Para sentirse como verdaderos noruegos, hay que acercarse a Vigelandsparken en verano, y compartir  un picnic al aire libre, entre la curiosa obra de Vigeland, con numerosas estatuas de bronce y granito, y en especial ante el monolito de catorce metros en el que hay esculpidas 121 personas entrelazadas.

Atravesando túneles y cruzando fiordos, se llega a la colorida ciudad de Bergen, considerada como una de las ciudades más bellas de Noruega, situada en una bahía, rodeada por siete colinas, puerta de entrada a los Fiordos y uno de los mayores puertos de cruceros de Europa. Es un placer pasear por la zona antigua, entre casas de colores, el Fish Market donde deleitarse con el aroma y sabor de sus bacalaos y salmones que te invitan a degustar, el ambiente distendido de sus jóvenes vendedores internacionales, la humedad de la lluvia recién caída y ese paisaje en conjunción de mar y montaña.

Un pintoresco recorrido en ferry nos acerca a Flam, cruzando profundos fiordos (1.300 metros) rodeados de montañas de igual altitud, estrechos pasos, verdes bosques salpicados por lindas casitas, rugientes cascadas y picos nevados, para desde allí tomar el tren dirección a Myrdal con un 55% de desnivel, que cruza entre valles y picos hasta llegar al punto más alto del recorrido, donde la sensación de aire alpino nos envuelve de nuevo.

La visita a la zona Norte de Noruega la iniciamos en Grense Jakobselv, un pueblo fronterizo con Rusia, en el mismo Mar de Barents, con la única construcción de una pequeña iglesia para indicar a los rusos que se encontraban en territorio noruego. Bugoynes, un pueblito pesquero dedicado a la captura del apreciado King Crab, y que Elsa muy amablemente nos cocinó en su casa, fue una de las pocas poblaciones que sobrevivieron a la destrucción durante la Segunda Guerra Mundial; situado en el Varangerfjorden donde el mar no se congela en invierno al recibir la Corriente del Golfo. Extensas playas de arena sin bañistas, casitas desperdigadas, renos cambiando el pelaje, pequeños embarcaderos, y flora ártica mecida por el viento, conforman parte de ese espectacular y silencioso paraje.

Bordeando fiordos, playas, y espectaculares puertos de montaña una parada en   Alta, a orillas del Altafjorden, donde el río Altaelva  forma uno de los cañones más grandes de Europa, nos permite pasear y descubrir los grabados rupestres de hace 6.000 años, considerados Patrimonio de la Humanidad.

Cruzando con ferrys entre fiordos, nieblas mágicas y enigmáticas, una ciudad aparece reflejada en las apaciguadas aguas, es Tromso, la capital del Ártico; ciudad cosmopolita, cultural, universitaria, comercial, moderna y puerta de salida de las expediciones al Ártico. Una oportunidad para aprovisionarnos, visitar catedrales y museos, y así entender la vida en las más extremas latitudes. Nuestra sorpresa fue el encuentro con Ginés y Margarida, que habíamos conocido en Finlandia,  que bajo el sol de medianoche nos brindaron una estupenda cena para despedirnos a la una de la madrugada, a pleno sol, para embarcar destino a los Archipiélagos Vesteralen y Lofoten; caracterizados por sus montañas, islas al abrigo de las aguas abiertas del océano, playas y grandes áreas vírgenes, costas profundamente recortadas por fiordos, y temperaturas no muy extremas para su latitud. Sus colores, paisajes, gentes, flora y fauna, festivales de verano, secaderos de bacalao, reflejos en las calmadas aguas, historias de vikingos, susurros del viento y las aves,… ¡¡¡Un lugar para perderse!!!

Nuestro paso por Trondheim, importante centro educativo y cultural del país, nos permite visitar su reconstruida catedral gótica, reconocida como una obra maestra en los Países Nórdicos.

Nos adentramos en Suecia, para relajarnos en Marstrand, ciudad de sol y playa, intensa actividad náutica, con una fortaleza considerada una de las instalaciones de defensa marítima más fuertes de Europa.

Último destino, Göteborg, ciudad que recorrimos en bicicleta por sus amplias avenidas y jardines. Posee el puerto más importante de Suecia, desde donde tomar el ferry para llegar a Dinamarca, disfrutando de una magnífica panorámica de la ciudad.

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