L’Est del Canadà

MONTREAL, TORONTO I NIÀGARA

Este mes nos aproximamos a tres lugares de la costa este canadiense.

Iniciamos el viaje en Montreal, la mayor ciudad de la región del Québec y la segunda más poblada del país. Recibe su nombre del “Mont Royal (denominado Real antiguamente)”, un monte que se eleva en el centro de la isla en la que se encuentra la ciudad, entre los ríos San Lorenzo y Rivière des Prairies.

Montreal es uno de los centros culturales más importantes del país, acogiendo a lo largo del año más de 40 eventos internacionales, destacando el festival de humor más importante del mundo, el Grand Prix y el universalmente conocido Festival de Jazz de Montreal.

Aunque elegimos el mes de octubre, el menos lluvioso de todo el año, paseamos bajo la lluvia y neblina los días que duró nuestra estancia.

Iniciamos la visita por el Vieux Montreal, la zona antigua de la ciudad, una mañana de domingo lluvioso, recorriendo sus adoquinadas, dormidas y pulcras calles, vestidas por edificios antiguos finamente decorados.

Paseamos por el Vieux Port, y Quai du Port, entre canales rodeados de inmensas praderas y árboles de infinitos colores otoñales; disfrutando del arce plateado, de colores dorados, cobrizos y rojos, símbolo de su bandera.

Seguimos el paseo, para llegar a la Place d’Armes y deleitarnos con la iglesia histórica Nacional de Canadá: Notre-Dame de Montreal, construida entre 1824 y 1829, inspirada en la Saint Chapelle de Paris, de estilo neogótico, con espléndidas tallas de madera, pinturas, vidrieras, esculturas y una notable colección de arte sacro de los siglos XVII a XIX, donde tuvimos la suerte de escuchar la estremecedora música que brinda su órgano de 700 cañones.

Desde el mirador del observatorio del Parque Olímpico, al que se accede por un funicular inclinado 45º, se divisan unas estupendas vistas de toda la ciudad. En el Biodome, o antiguo velódromo, fuimos parte en un breve espacio de tiempo, de los cuatro biotopos de Flora y Fauna mundiales allí expuestos, jugando con simpáticos pingüinos y lemures malgaches.

En una visita por el barrio de Little Italy, participamos en el día a día del Marché Jean-Talon, donde exquisitas frutas y verduras, elegantemente colocadas, de infinitos tipos y colores, despiertan el apetito al más saciado de los paladares.

Un paseo por el DownTown, nos confirma el civismo, limpieza y respeto de una población multicultural.

Una noche estrellada llegamos a Toronto, acercándonos al cielo en la planta 27 del hotel, con la primera impresión de una gran ciudad financiera, de enormes edificios iluminados. Capital de Ontario, la ciudad más grande de Canadá, que lidera los principales sectores económicos. El cielo azul, y los brillantes rayos del sol, nos acogieron cálidamente. Comimos en las terrazas exteriores de Lawrence Market, rodeados de auténticos torontonianos; navegamos hacia Centre Island, donde disfrutamos de un agradable paseo por Franklin’s Garden; y bien entrada la noche, recorrimos parte de Yonge St., la calle más larga del mundo, con sus 1.800 Km, repleta de gente y actividad.

Nada mejor que una mañana de domingo acercarse a la Holy Trinity, de 1847, una de las iglesias más antiguas, activa y dinámica de la ciudad, para participar en el oficio anglicano. Una señora anónima de Yorkshire donó 5.000 libras para su construcción, con la condición de que fuera de estilo gótico, planta cruciforme, dedicada a la Santísima Trinidad, altar visible desde todos los lugares, y siempre gratis. Y así fue. Altamente participativa, nos sentimos uno más, nos deseamos la paz, cantamos y pudimos degustar café. Una experiencia estremecedora y armoniosa.

De la misma forma que la mayoría de turistas nos acercamos al Eaton Centre, uno de los puntos más frecuentados, y principales centros de compra y venta de la ciudad. Galerías, tiendas y esculturas, al auténtico estilo del continente americano.

Antes de marcharnos de la ciudad visitamos su icono, la CN Tower, considerada una de las siete maravillas del mundo moderno, una de las más altas no sostenida por cables en tierra firme y capaz de soportar un terremoto de 8,5 grados. Las vistas desde su Glass Floor a 447 metros son increíbles, infinitas, pareciendo insignificantes los rascacielos cercanos.

Nuestro siguiente destino, Niagara Falls. Sin ser de las cataratas más altas, son amplias y de importante caudal. Su visita se divide en dos partes, la zona canadiense, que ofrece una mejor perspectiva; y la zona americana, más cuidada como parque natural, y senderos boscosos multicolores, por los que caminas justo encima de la catarata.  Cruzar a la zona americana, implica un tedioso trámite de papeles y registros, sobre el “Rainbow bridge”.

Su rugir te ensordece, su agua te empapa, su fuerza te empequeñece. Hacía frío y humedad, pero su presencia no nos dejaba marchar; seguimos disfrutando del espectáculo en el restaurante que se encontraba justo frente a la catarata; casi pensábamos que nos salpicaba, mientras disfrutábamos de un estupendo ágape.

Como contrapartida a la belleza natural, nos encontramos con una desafortunada multi-construcción de hoteles y atracciones de todo tipo, estropeando la majestuosa naturaleza.

Con la llegada de la noche, desde la orilla canadiense, una iluminación muy acertada, te envuelve de nuevo con la magia de Niágara.

Hasta aquí nuestro recorrido por una ínfima parte de tan espléndido país, que si no fuese por las extremas temperaturas invernales, sería un lugar ideal para vivir.

<<< Veure més articles de viatges…

tf-1
About these ads