Granada

viatges471Pasados muchos años de nuestra visita a Sierra Nevada, cuando nos deslizábamos por sus pistas, volvemos a Granada, con las cumbres por telón de fondo, perdiéndonos por todos y cada uno de los rincones de tan bella ciudad.

Sus tapas, sus sabrosos platos, la hospitalidad de sus gentes, su historia y su arte –gótico, barroco, renacentista y mudéjar- hacen de la visita un placer para todos los sentidos.

En la Catedral de la Anunciación nos sentirnos envueltos por una de las obras más destacadas del Renacimiento, erigida por los Reyes Católicos tras la conquista de Granada; de planta gótica, alzado renacentista y portada barroca; su sala central de 45 metros de altura, de blancas paredes con 36 ventanales nos ilumina cuál inmenso astro. Cabeza en alto y silencio sepulcral nos llevan a la Capilla Real, donde bajo un impresionante monumento funerario, esculpido en mármol de Carrara, yacen los Reyes Católicos; una capilla, coronada por los símbolos reales – águila, yugo y flechas -, a la que se accede tras cruzar una magnífica portada plateresca del siglo XVI.

viatges472El aperitivo del sábado en las tabernas, amenizadas por una jovial tuna, finaliza cuando la tarde cae plomiza sobre sus calles, iluminándose las luces de la Alcaicería, o antiguo bazar musulmán, devolviéndote a sus orígenes de ciudad musulmana; continuando las tertulias alrededor de un estupendo chocolate con churros, o las pequeñas teterías de la judería. Comer, beber y reír es el común denominador en un lugar como éste.

Amanece el día con un intenso cielo azul celeste, adornado con nubes de algodón que se confunden con las cumbres de Sierra Nevada, envolviendo a la magnífica Alhambra, frente a las estrechas, empinadas y laberínticas callejuelas empedradas, con pequeñas casas encaladas, patios y paredes adornados, en el asentamiento más antiguo de Granada, Albaycín.

La tarde del domingo, más calmada y fría, nos ofrece una exclusiva visita al Monasterio de los Jerónimos, acompañados por el silencio de una docena de monjas de clausura, el mismísimo Marqués de Vélez nos explica entusiasmadamente las historias del Monasterio y la ciudad, junto a los restos del Gran Capitán, bajo un espectacular retablo que marcó una nueva época en la escultura andaluza.

Un interesante paseo por la carrera del Darro, río que alimenta la Alhambra, y aparece y desaparece entre las calles de la ciudad, nos sorprende con sus palacetes, conventos e iglesias, y una joya inquietante: El Bañuelo, los baños públicos más antiguos y mejor conservados de España que datan del siglo XI; el silencio y oscuridad de sus salas, únicamente se rompe por pequeños haces de luz que se cuelan entre sus bóvedas estrelladas, para iluminar pausadamente los capiteles romanos, visigodos y califales de sus columnas.

El Corral del Carbón, escondido entre las callejuelas del centro nos muestra la antigua alhóndiga andalusí del período nazarí, dedicada a la venta y almacén de mercancías en el siglo XIV, posada para caballos y caballeros, posteriormente almacén de carbón y corral de comedias, y actualmente lugar de conciertos y otros actos.

Un paseo por la zona universitaria, nos lleva al poco frecuentado Monasterio de La Cartuja, un recargado templo de decoración barroca, puertas de cristales con incrustaciones de nácar, plata y marfil; un sagrario de un excelente barroco, con sus columnas salomónicas que te recuerdan al Vaticano.

Una visita poco turística, pero que ofrece un gran tesoro escondido es la del Hospital Real, una de las pocas construcciones civiles de Carlos V, con su estupenda fachada y una antigua capilla en la que hoy día podemos encontrar la Biblioteca de la Universidad de Granada. Altos techos, salas frías, con paredes revestidas de nobles maderas, acogiendo más de 65.000 volúmenes de los siglos XV a XIX, además de algunos incunables de la época nazarí, ahora celosamente custodiados bajo llave en la caja fuerte, que una paciente y amable bibliotecaria nos los muestra digitalizados, e incluso nos ofrece la dirección para poderlos disfrutar desde casa.

Para finalizar nuestra visita a la ciudad reservamos su icono por excelencia, La Alhambra. Pocas son las palabras capaces de describir tanta belleza junta. Nos sentimos como guerreros medievales en la Alcazaba, dominando la ciudad a nuestros pies; como reyes fascinados por la belleza de los diferentes Palacios Nazaríes, reflejados en albercas de aguas calmadas que duplican su belleza, arropados por setos de arrayanes, bajo impresionantes artesonados mudéjares y yeserías, entre zócalos de azulejos. Preparándonos para asistir y quedar petrificados en el Patio de Los Leones, el más espectacular de los ejemplos del arte nazarí, entre 124 columnas que asemejan a un inocente bosque de palmeras rodeando la magistral fuente de los leones,  dejando caer ligeros chorros de agua, cuyo sonido te enmudece, y su reflejo en el mármol deslumbra. Finalizamos la visita de los Palacios, cruzando las dependencias en las que Washington Irvin escribió los  “Cuentos de la Alhambra”.

Cautivados por los Jardines del Generalife, nos elevamos como ave en el paraíso, en ese remanso de paz que ofrece el rumor de sus fuentes, dejando caer esas ínfimas gotas de agua, atravesadas por los rayos del sol, para ofrecer la mejor de las melodías.

Granada, siempre allí, desde hace siglos, sigue encandilando a los visitantes.

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